Ocurrió en otoño.
La primera vez que posó su vista sobre ella, no pudo dejar de pensar que Dios había puesto un ángel en la Tierra para él. Se deleitaba con la contemplación de su dulce rostro, le fascinaba la forma en la que reflejaban la luz sus suaves labios de cereza. No pudo sino divagar sobre el perfumado olor de su fragante cabello, que caía en cascada sobre una espalda de proporciones casi divinas, al igual que el resto de su cuerpo. Parecía una estatua tallada en el más bello mármol que hubiese cobrado vida, la más hermosa que jamás había existido.
Cuando habló con ella por vez primera, el suave trino de su voz lo dejó con la boca abierta; le parecía que hasta los árboles se inclinaban para oír mejor su aterciopelada voz. Su risa le pareció como un concierto de ruiseñores.
Estaba fascinado por ella. A su lado, él se sentía patoso. Le parecía que su voz era demasiado fuerte, sus manos demasiado grandes. En general, se sentía ridículo cuando estaba a su lado. A pesar de todo, no podía dejar de alegrarse cuando estaba junto a ella, pues sentirse como el más torpe de entre todos los hombres era un precio muy bajo a cambio de la contemplación de tal hermosura.
He aquí un retrato semihistórico de hechos reales.
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